Una experiencia íntima.

Me hicieron todo tipo de pruebas, no me puedo quejar.
El doctor Bergareche se aseguró de que me reconocieran a base de bien. Y menos mal que tengo un seguro médico, porque en la Seguridad Social me habría eternizado en listas de espera.
-Estas cosas hay que hacérselas mirar, Manuel. De nada vale esconder la cabeza bajo el ala.
-Sí, doctor, lo que Vd. diga.
Los reconocimientos se sucedieron como un amargo Viacrucis: no quedó orificio por explorar, frasquito por llenar ni sonda por meter.
A todo contesté, a todo me sometí. Era por mi bien.
Finalmente, un Jueves me llamaron de la consulta: tenía que pasar el Lunes a recoger los resultados. En persona. No, no podían avanzarme nada por teléfono.
Durante el fin de semana, el pasado desfiló ante mí como en una película de sesión continua. Eso sí: el montaje del director.
Recordé mi infancia feliz de chaval de barrio: la pandilla, la escuela, las vacaciones en el pueblo de mi madre... Recordé el Instituto: las horas tontas en el parque con las chicas de El Carmen... Recordé la Universidad: las asambleas, los porros, los grises... Eran los alegres tiempos de la transición: Mi primer curro, mi primer coche, mi primer polvo...
Y me dije: “Manolo, tío... has tenido una buena vida, has sido feliz. Aunque fuera lo peor, honestamente: no te puedes quejar. Fue bonito mientras duró”.
Pero la vida sigue... y el mundo sería tan hermoso aún sin esta secreta desazón, sin esta angustia, sin este agobio interior y silencioso...
Llegó el dia fatídico. Me vestí despacio, con la solemnidad de los condenados. Desayuné sin ganas, maquinalmente, y salí de casa como quien va despidiéndose de todo lo que ve: el portal, la calle, los árboles, los autobuses, las caquitas de los perros, el cielo, el sol, las nubes...
Llegué a la consulta y no tuve que esperar. Me pasaron enseguida. El doctor estaba tan sonriente como siempre.
-¿Has venido solo?
-Si doctor, lo prefiero así.
-Bueno, como tú quieras.
Silencio. El mundo se detiene: las palabras van a ser pronunciadas.
-Bueno, siéntate... ya tenemos aquí los resultados.
-Dígame lo que sea, doctor.
-Lo hemos analizado bien y el diagnóstico no ofrece dudas.
Te lo diré en pocas palabras: Manolo, tú eres de derechas.
Necesité un tiempo para reaccionar. Él pareció entenderlo.
-Pero... mi familia... En mi familia nadie...
-Eso habría que verlo. La gente es como es, no como dice que es.
-Pero ¿Es de nacimiento?
-En algunos casos existe cierta predisposición, pero, en general, obedece a factores ambientales.
-¿Y qué se puede hacer?
-Te hablaré claro: en tu caso, bien poco; por no decir nada. Tienes que aprender a vivir con ello. Esto no es el fin, Manuel... hay que sobreponerse.
Mi organismo empezaba a asimilar la noticia. Algo dentro de mí parecía sublevarse.
-Pero, ¿Y la de veces que he votado al PSOE? Yo siempre fui antifranquista... ¡Una vez voté a Izquierda Unida! Cuando Anguita, me acuerdo perfectamente.
-Las pruebas son concluyentes, Manuel. No le des más vueltas. Segúramente, algo en tu interior ya te lo avisaba.
-Sí. -reconocí con humildad- Desde que apareció Bibiana Aído... ya notaba yo que me pasaba algo.
-No debes torturarte por eso. Esto no es el fin. Tu vida cambiará, desde luego... pero saldrás adelante.
-Ya, claro... Conozco otros casos –dije, derrotado-
-Lo que necesitas es el apoyo de tus amigos, de tu familia, de tu mujer.
-¡A mi mujer ni palabra de esto, doctor!
-Bueno, bueno... como tú quieras. Pero te convendría. No son cosas que puedan ocultarse mucho tiempo.
-No, doctor: ella no... –dije con ternura-
Se derrumbaría. Es mejor que no sepa nada. Por lo menos, de momento.
-Bueno... lo importante es ir aceptando los hechos y obrar en consecuencia. Hay asociaciones y personas que pueden ayudarte mucho. -Pensé con horror en Jiménez Losantos. Se me debió de notar en la cara-.
Mira, Manolo... –siguió el doctor- tienes que aprender a separar la realidad de las ideas preconcebidas. Un diagnóstico así, hace diez años, era fatal. Pero hoy en día ya no es así... el mundo ha cambiado.
-Sí... El Mundo ha cambiado, pero El País sigue siendo el mismo
–dije, con una mueca de amargura-
-Si pones de tu parte, saldrás adelante. Ya verás cómo sí.
Mi cabeza estaba atrapada en su propia espiral de angustia:
De derechas... ¿Y de qué derecha? ¿Qué me parecía a mí Gallardón? ¿Era yo partidario de Esperanza Aguirre? ¿Y Rajoy? ¿Era bueno que se aferrase al cargo? ¿No era Soraya Sáenz de Santamaría un poco sosaina?
Tenía demasiado en que pensar para atender a las buenas palabras del médico.
-Gracias, doctor... No se preocupe. Me sobrepondré: a la fuerza ahorcan...
Eso sí: a mi mujer, ni una palabra.
-Descuida, Manolo. Vuelve el mes que viene para hacerte un chequeo sencillo.
Cuando salí del despacho, mi mente estaba ya en otra parte. Sí... tenía mucho en que pensar. La realidad a mi alrededor aparecía bajo una nueva luz.
Al pasar frente a la enfermera, ésta se levantó y me palmeó cariñosamente la espalda al abrirme la puerta.
-Hasta cuando quieras, Manuel.
Y cuando ya me iba, añadió en voz baja:
-No estás solo, ¿Sabes?
Bajé las escaleras andando.
Decididamente, tenía mucho en qué pensar.